2008
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Cristina Fernández cometió un error, que tendrá consecuencias a esta hora todavía impredecibles. Creyó que era dueña de la verdad, y que solo bastaba enfatizarla, y aun explicarla, con tono de maestra siruela. Una tentación pedagógica quizá muy femenina, y ciertamente, muy “cristinista”.
Pero ya no era la hora de explicar el porqué de las retenciones. Ya la protesta del campo había sido demasiado exitosa. Ya se había demostrado que más que un lock out patronal era una protesta sectorial con tendencia a masificarse.
¿Cuál fue el error de la Presidenta? Hacer demasiado evidente una línea ideológica pretendidamente popular: el campo es rico, a expensas de los pobres.
Esta línea, tal vez vigente en los tiempos de Eva Perón, ha sido superada por la historia, por la evolución social y económica. En el tercer milenio, mil inflaciones y atropellos dictatoriales después, la sociedad argentina pretende y busca una visión más global y tolerante.
La fulminante reacción sorprendió, sin duda, al gobierno. ¿Cacerolas? Si. Como a De la Rúa, por otros motivos. El pueblo es así. Cuando se llega a esa instancia, ya es tarde para los discursos.
La oposición política renació. En bloque, salió veloz como una centella un proyecto para eliminar las retenciones móviles. A las 10 de la noche, en Buenos Aires, la gente comenzó a cantar el himno al ritmo de las cacerolas.
En Tucumán, una pueblada amenazaba directamente al gobierno del oficialista Alperovich, recién retornado del Brasil.
En Córdoba, otro oficialista, Schiaretti, convocaba a un diálogo sin condiciones a las dos puntas del conflicto, en un documento firmado con todos los intendentes de una de las provincias productoras más importantes del país.

Rubén Boggi para DN


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