11/09
2008
2008
Sobre sentencias, augurios y frustraciones, por Carlos Berro Madero
“El hombre mediocre tiene las ideas más taxativas sobre cuanto acontece y debe acontecer en el universo. Por eso ha perdido el uso de la audición. ¿Para qué oír, si ya tiene dentro de él cuanto hace falta? Ya no escucha, sino, por el contrario, juzga, sentencia, decide. No hay cuestión pública donde no intervenga, ciego y sordo como es, imponiendo siempre sus . Olvida que quien quiera tener ideas, necesita antes DISPONERSE A QUERER LA VERDAD y aceptar las reglas de juego que ella imponga.” Ortega y Gasset
Sigue
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Vivimos los tiempos en que la mayoría de los gobernantes de países en vías de desarrollo “decretan” que todo lo planificado y puesto en marcha por sus antecesores, ha sido mal concebido. Contradicen así las experiencias y tradiciones de las mayores democracias del mundo,- mucho más conservadoras en este aspecto-, y nos auguran invariablemente que con ellos viviremos el advenimiento de un próspero tiempo nuevo.
Con el correr de los meses, y al avanzar sus períodos de gobierno, comprobamos que se ponen en marcha correcciones atropelladas e inorgánicas que dejan todo lo supuestamente imperfecto mucho peor de lo que estaba.
En efecto, normas imprecisas dictadas con esa intención “correctiva”, comienzan a regular la vida de la sociedad, penetrando hasta el detalle en el ejercicio de todas las actividades, revelando primordialmente la total falta de escrúpulos de quienes olvidaron sus promesas y el hecho de que la civilización es, antes que nada, voluntad de convivencia con el pasado.
A ellos les decimos entonces ¡al demonio con sus sentencias y augurios trasnochados!
¿Qué razones de peso les asisten para enmendar la plana de todo lo que ocurrió en otro tiempo, sin comprender que quienes tomaron decisiones fueron seres humanos tan imperfectos como lo son ellos hoy?
¿Por qué no aprovechar las experiencias habidas y corregirlas solamente en lo que fuere menester, sin denostarlas en forma egocéntrica y falaz?
Si se revisara cuidadosamente la historia del mundo, podríamos convenir que una buena porción de los comportamientos de los seres humanos han sido erróneos, pero, al mismo tiempo, si nuestro juicio fuera imparcial, veríamos también que el mismo ha estado lleno de aciertos, y “es en el balance de unos y otros que se juzga el valor de una gestión, y no en la falta de errores de quien no fue capaz de tener aciertos”, como dijera alguna vez el Mariscal Foch, héroe francés de la Primera Guerra.
El mayor peligro que acecha a nuestras democracias es el crecimiento inorgánico del Estado omnipotente. Ese que permite a muchos ignorantes y arribistas desarrollar programas políticos que no tienen pies ni cabeza, sin arriesgar al mismo tiempo su ventura personal. Aquellos que si en el camino comprueban que se han equivocado, tuercen el rumbo emprendido de cualquier manera, convirtiéndose cínicamente en una caricatura de sí mismos.
A la luz de estas reflexiones, podremos comprender mejor la verdadera razón de los actuales zigzagueos y perplejidades del gobierno de los Kirchner.
Ya hemos dicho alguna vez que estamos viviendo el tiempo de LA FRUSTRACIÓN DE NÉSTOR Y CRISTINA. La que proviene de su absoluta falta de respeto hacia una historia que les abrió la puerta para avanzar sin demoler, mejorar sin borrar indiscriminadamente y ubicar en el centro de sus programas políticos el auténtico bien común. Sin odios, sin rencores, sin revanchismos, sin prepotencia.
Con su vana pretensión de ocultar la impudicia de sus ambiciones personales, han comenzado a convertirse en “pasado” antes de haber concluido su tiempo.
No podemos extrañarnos pues que después del fracaso de sus políticas reaccionarias, haya reaparecido el triunfo de la violencia y constituya la única doctrina a la que apuesta gran parte de una sociedad hastiada de burdas mentiras.
A Cristina, sobre todo, habría que recordarle que LA RETÓRICA ES EL CEMENTERIO DE LAS REALIDADES HUMANAS. Cuando éstas han cumplido la porción de historia que les corresponde, el nombre de sus protagonistas sobrevive solamente como un recuerdo de algo que no pudo evitarse.
Esa es la lección que debería quedarnos a todos: la cuestión no consiste en “ser o no ser”. Lo único verdaderamente cierto y comprobable es el nefasto final de supuestas “revoluciones” que, en nombre de aquel principio de reafirmación personal, no han traído más que desgracias al género humano.
Durante estos largos años de “infección” kirchnerista hemos vivido la desmesura de algunas verdades predicadas como objetivos supremos, en pos de los cuales había que inmolarse y sojuzgar. Y cada derrota acentuó la cerrazón ideológica de sus impulsores, quienes ignoraron que la realidad va forjando sus formas con una cronología vital inexorable.
La escasez de criterio del matrimonio Kirchner ha estado representada principalmente por su falta de cautela y cuidados para ajustarse a la verdad. Esa ha sido su peor falla.
Han ignorado que dicha verdad no consiste en que se acierte o no, sino más bien en que no está en nuestra mano poder torcerla. Es ella, siempre en sí misma, la que indica su presencia. Únicamente un ignorante falto de escrúpulos puede negarse a aceptarlo y construir su estrategia de negación a través de una actitud soberbia y altanera.
Ambos dos han actuado y actúan aún hoy en medio de la confusión que les aqueja, como quienes no quieren dar razones, ni tenerlas de acuerdo a una lógica de ciertas evidencias, sino mostrándose totalmente resueltos a imponer “sus” opiniones como “ultima ratio”. Lo que en filosofía suele denominarse como “razón de la sinrazón”.
En medio de su actual perplejidad no alcanzan a comprender el contenido de su frustración, porque quienes como ellos creen poseer la propiedad exclusiva de una idea -aunque ésta sea inteligible-, marchan impertérritos hacia un futuro que, tarde o temprano, los pone de cara frente a un muro infranqueable.
Su tragedia comenzó en realidad en el mismo momento en que se presentaron a sí mismos como los campeones de la nueva “distribución de la riqueza de matriz diversificada” (sic), que no ha resultado ser más que una verdadera patraña.
Sus verdaderas intenciones fueron siempre construir un poder absoluto para satisfacer vaya a saber qué clase de frustraciones psicológicas personales: han creído así que tenían derecho a imponer y dar vigor a sus tópicos de café. Han visto la diversidad como algo indecente e inaceptable, y hoy la realidad ha venido en su busca.
¿Seguirán contando con la tolerancia de quienes los aprueban porque han resultado ser para ellos un espejo donde se ven a sí mismos?
carlosberro@arnet.com.ar
Gentileza para NOTIAR

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