21/09
2009
2009
Reflexiones de un tambero-ciudadano argentino. Por Eduardo Juan Salleras
En muchas etapas de la vida uno a veces no sabe cómo seguir o cómo salirse. Está siempre la disyuntiva de continuar o dar un paso al costado, incluso ante la desesperación, directamente rajar. Pero no siempre es fácil, tanto persistir o abandonar. Puede ser incluso traumático, por historia, cariño, por compromiso social. Quizás sea lo único que podemos o sabemos hacer. Más complejo se presenta, en caso que la decisión sea forzada desde afuera; cuando comienzan a jugar en nuestras vidas terceros, que, sin comerla y sin beberla, nos lanzan al vacío. O de lo contrario, correr.
Sigue
Sigue
¿Quién quiere escapar? Pero mucho menos caer luego de años de luchar para mantenernos de pie y firmes.
Desde un amor duradero hasta una costumbre.
No es sencillo cuando alguien no está dispuesto a desertar, pero siente que la situación lo desplaza.
¿Es preferible quizás, ser despedazado en el intento de perdurar, inmortalizándose, o escapar?
Son preguntas que me hacía mientras ataba un alambre en medio del campo, con el entusiasmo de la lluvia caída, luego de la sequía más grande de mi vida en el campo. Después de haber gastado lo que no tenía en alimentar mis aguerridas vacas de tambo, con alguna mortalidad totalmente innecesaria, creí que debía seguir. Por solamente la lluvia… ¿tiene algún sentido?
El manoseo a los tamberos (como otros rubros), es denigrante, porque una cosa es estar de rodillas para que te disparen en la nuca, y otra cosa es estar en cuatro patas… una cosa es pintarse la cara para pelear y otra es pintarse los labios para encantar.
¿Acaso no valemos más que un sándwich de mortadela?
El mercantilismo humano, de dirigentes y ciudadanos, al que se está sometiendo a la sociedad argentina, nos debería hacer pensar que no es posible una república para un pueblo que no la merece. Y si no hay república no hay nada.
¿Cómo seguir? O ¿Cómo salir?
La historia Argentina tuvo en otras oportunidades dictadores por voto popular. Este modelo inspiró a varios contemporáneos en América Latina a imitarlo, y bajo el santo manto de la democracia, el déspota sacia su locura y exalta su divinidad.
El pueblo, compuesto de distintos estratos sociales, está ajeno a las cosas del poder, pertenecen a otra galaxia, pero influye directamente en sus vidas, desde las desgraciadas hasta las preocupadas, pero ambas ven que su tierra se resquebraja a los pies, sin razón.
El futuro de la Nación está en aquellos que no tienen precio, pero el día que ello ocurra, serán los que en su momento se vendieron, los que contarán la historia, en procura de mantener las ventajas de los tiempos pretéritos, volviendo otra vez a lo mismo.
Hasta el pudor básico fue prostituido… “son dirigentes de sólidos principios que varían de acuerdo a las circunstancias”. Conductas deshonrosas sin la más mínima vergüenza, de parte del que corrompe y del que es corrompido. Uno pasa por vivo y el otro por miserable.
Unos huyen espantados (medicamentos) otros ingresan encantados a sentarse a la mesa de la muerte. Tal vez no mueran, porque en la Argentina todo se recicla – resucitamos al más pillo y dejamos que perezcan de hambre, de enfermedades mal curadas por la mafia de los remedios, o que las drogas y la delincuencia les hagan el favor de matarlos temprano para no sufrir tanto, a miles, que son casualmente a los que les prometen siempre y nunca les cumplen -.
Seguiré atando alambres en una línea a la que no le cabe más un nudo, ordeñando vacas a pérdida, mientras los que pudieron salirse lo hicieron, los que no, firmaron sus pactos y festejan descontentos, sin saber o sabiendo, que en el brindis le dieron más vida a sus desprecios, hundiendo crecidamente los cimientos de la conciencia.
Siento que hace rato mis inversiones son pérdidas, mis decisiones valientes me están matando… ¿resuelvo mal? ¿Elijo erróneamente? Mis soluciones primarias se transforman todas en audacias, enfriándome de a poco el entusiasmo.
Ochenta años de tradición lechera se me escapan de las manos. Siempre hubo tiempos malos pero no tan espantosos como éstos, porque las agresiones son voluntarias y directas, ni siquiera responden a política alguna, sino a antojos violentos nacidos en el resentimiento y en el odio, de aquellos que ocupan el Estado, mí Estado.
Quise en su momento achicar para no desprenderme de todo, tener así una base y poder comenzar de nuevo, algún día. Porque, gracias a Dios, los males correlativos de nuestra querida patria, no duran demasiado, y mientras el próximo tarda un tiempo en preferir ser corrupto a ser estadista, es el lapso en el que uno puede sacar la ñata y respirar.
Así me salí de escala, transformándome en aquellos tambos que conocí a mi llegada al campo, hace 32 años – a tarros y a mano – no caí tan bajo en tecnología, pero hoy: no se cómo seguir, o al menos, cómo salirme.
Enviado como comentario al Blog de www.lecherialatina


Se va terminando la capacidad de endeudamiento. Y lo que es peor, la fuerza para seguir. ¿Hasta cuándo?

BWN Patagonia
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