Argentina: Historiador Rodolfo Casamiquela : “Los mapuches son chilenos… no tienen derecho sobre la tierra”,

Home / Argentina: Historiador Rodolfo Casamiquela : “Los mapuches son chilenos… no tienen derecho sobre la tierra”,

El historiador Rodolfo Casamiquela es duro con los mapuches que lo “escrachan”. Dice que no tienen verdadero interés en velar por la cultura indigenista, sino que son más bien “piqueteros”. Hoy dice luchar por rescatar del olvido la lengua del pueblo tehuelche. Y que eso le preocupa mucho más que los escraches que recibe cuando quiere hablar de la historia. “Si se definen como Mapuches son chilenos y si son chilenos no tienen derecho sobre la tierra de la Argentina”, señala Casamiquela sin pudor

-¿Qué lo llevó a estudiar sobre esto?

– Mi inquietud por lo indígena empezó cuando tenía 14 años. Me fui a estudiar a Buenos Aires y un día, en la Biblioteca Nacional, empecé a leer mapuche, sin saber que en mi pueblo (Ingeniero Jacobacci) la mitad de los chicos de mi edad hablaban esa lengua, porque entonces ellos ocultaban su origen. Ni los maestros lo sabían. Entonces, cuando volví, fue una grata sorpresa descubrir que los peones que enfardaban la lana en una casa comercial donde trabajaba mi padre eran de origen indígena. Con ellos pasé un verano fantástico, porque empecé a anotar las primeras cosas sobre su lengua. A los 16 años, siempre acompañado por los indígenas, ya estaba haciendo el primer museo referido a su historia.

-¿Qué ha podido conocer de ellos?

– He conocido centenas de indígenas y a todos los hablantes de tehuelche de la Patagonia. Estudié y aprendí que primero vino el mundo tehuelche paleolítico, muy antiguo. Los antepasados de sus antepasados se remontan a 10 mil ó 12 mil años atrás y evolucionan en la Patagonia. Mucho después de la llegada de los Españoles, alrededor del 1600, el caballo permite que los Tehuelches copen todo el ámbito pampeano y Neuquén. En esa misma época empieza la mapuchización. Existen diferencias entre unos y otros.

Los gigantes patagones no son una fantasía, sino los Tehuelches, que alcanzaban casi los dos metros de altura y una corpulencia de 150 kilos, de tez oscura y ojos asiáticos, que vivían de la caza y se vestían con pieles. Los Araucanos o Mapuches, sin embargo, son una raza de estatura mediana, cultivadores de cultura andina, que tenían casas de madera y paja y trabajaban en forma maravillosa el tejido y la platería; ellos tenían una trayectoria cultural superior, que los Tehuelches imitaron.

-¿Qué pasaba con la lengua?

– Con la llegada de la religión y la onomástica se va produciendo una transformación en ella. Entonces, los hombres tehuelches, especialmente los caciques, en el norte de la Patagonia, empezaron a ser bilingües. Pero las mujeres siguieron hablando tehuelche, incluso algunas familias pasaron del tehuelche al castellano, sin pasar por el mapuche. Hubo un sincretismo religioso y lo tehuelche se mapuchizó. Pero el Mapuche como pueblo estaba del otro lado de la Cordillera.

-¿Los descendientes conservan la lengua indígena?

– Hoy hay descendientes vivos de grandes caciques tehuelches. Sólo son algunas familias, los otros son descendientes de Mapuches. Los Ñanco, por ejemplo, son descendientes de Sacamata, uno de los caciques más serios del norte de la Patagonia, nacido entre 1870 y 1880. Uno de mis maestros, fue quien salvó la lengua tehuelche, ya que era el último que la hablaba. Se llamaba José María Cual (que en tehuelche quiere decir cuello). Él murió en 1960, a los 90 años. Cuando lo conocí, yo era un muchacho y él estaba ciego. Durante muchos años nos dedicamos a la lengua tehuelche y por él quiero rendirle el máximo homenaje a este pueblo, descendiente de los habitantes más antiguos de América entera.

-¿De qué forma?

– Un día juramenté hacer un homenaje a este pueblo único, salvando todo lo que se pudiera de su historia. Lamentablemente estoy solo en todo esto. Los descendientes no estudian a sus antepasados, porque eso significa leer a los blancos y hay una especie de rechazo, una negación que es como hacerse trampa en el solitario de la vida. No se puede avanzar. Entonces soy un maestro ciruela, vale decir un científico, que dice la historia como la cuenta la ciencia, la antropología. No hago concesiones de tipo demagógico. Por ello, si digo que acá no había ningún Mapuche en 1865 y que recién llegaron en 1890, digo lo que es la historia, no lo invento. Sólo que otros no lo dicen o lo dicen distinto. Entonces soy el malo.

-¿Por eso le hacen escraches?

– Sí. Pero esa gente no es indigenista en el sentido cultural, lo es en el sentido piquetero. Son políticos.

-¿Qué le cuestionan?

– No hay cuestionamientos. Eso es un pretexto. Hay que pensar qué buscan. Si se definen como Mapuches son chilenos y si son chilenos no tienen derecho sobre la tierra de la Argentina. Esta es la clave. Entonces, como yo explico que son chilenos, soy el enemigo. Cualquier chileno sabe que los Mapuches son chilenos. Los líderes también lo saben. Pero la juventud no. El 99 por ciento de los que se definen como mapuches son de origen Tehuelche. Pero se han dado muchas confusiones por la lengua o el apellido. Así se va perdiendo la identidad.

-¿Por qué tendrían la necesidad de sentirse Mapuches si no lo son?

– Porque la palabra mapuche es muy atractiva. Quiere decir gente de la tierra. Si se usa como símbolo es correcto. Yo también soy gente de la tierra. En 1960, como un homenaje, el Primer Congreso del Área Araucana Argentina propuso que a los Araucanos se les dijera mapuche como en Chile.

-¿Cuál sería la respuesta si alguien pregunta quiénes eran los originarios?

– Habría que ver con respecto a qué. A la llegada de los españoles es una cosa. A la constitución del Estado argentino es otra. Porque en 1816 no habían mapuches en Argentina. Los primeros se radican en el centro de La Pampa en 1820 y en 1890, al sur del Limay Negro, los primeros pobladores de origen chileno fueron los mapuches y los chilotes. Hay que distinguir muy sutilmente todo este asunto.

-¿Por qué menciona la pérdida de la identidad?

– Eso es lo más terrible. Los nietos de mis maestros, que sabían lo que eran, hoy son todos mapuches. Es decir, el abuelo es tehuelche puro, pero el nieto es mapuche. Entonces la Patagonia perdió su identidad. Esta es tierra de aluviones, porque todos los días llega gente desde otros lugares. Entonces, los maestros no son de aquí y es muy difícil recrear esa identidad maravillosa que -hasta hace 30 años- fue la palabra, la casa abierta, la hospitalidad, la seguridad y la base indígena, ahora desteñida por toda esta confusión que hay con los mapuches. Pero hasta hace unos años atrás la historia era clara.

-¿Qué pasa con la lengua tehuelche?

– Es una lengua muerta. Murió en 1960. Y no hay interesados en aprenderla. Yo lo hice porque era consciente de que mi maestro, José María Cual, era uno de los últimos que la hablaba. Se comunicaba conmigo en español y podíamos hacer traducciones del mapuche al tehuelche, revisarlas durante varios años y pasarlas en limpio. Él tenía la conciencia que era el único que iba quedando para hablar esa lengua. Pero murió antes de ver la gramática. Hoy se pierde la cultura. Los descendientes, en su mayoría, no mantienen la lengua. Incluso, los nombres que hay por acá, en los comercios, son falsos. El vocabulario es equivocado y ese es mi sufrimiento. Esto me preocupa mucho más que los escraches. Los indígenas tienen que perfeccionarse y profesionalizarse sin perder su lengua de origen. En Argentina a la lengua indígena le queda una generación y nadie se preocupa por recuperarla.

-¿Qué siente cada vez que dice que está solo en esto?

– Se siente impotencia, porque es difícil llegar a la docencia y a quienes tienen decisión política sobre ella. Cuando voy a dar clases a las escuelas los chicos y los maestros se asombran. Al terminar las charlas, los chicos que tienen apellidos indígenas que se mantenían tímidos, pasan al frente y se sienten bien, porque son descendientes de los grandes caciques. Lo mismo ocurre cuando saben cuáles son los significados de sus nombres en mapuche, porque los tehuelches no tienen significados. Todo eso se puede hacer, pero quién le pone el cascabel al gato.