“Todo lo que no se da está perdido”

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Entrevista a Dominique Lapierre, escritor de superventas

76 años. Nací y vivo en el sur de Francia y en Calcuta, donde tengo una asociación para mejorar la vida de los más pobres. Me interesan las epopeyas humanas. Casado por segunda vez y con una hija de 50 años y 2.000 niños en Calcuta. Creo en Dios y siento que me ha protegido

Acabo de recibir en India la condecoración más alta que otorga el Gobierno. La solicitaron 75.000 personas que hemos curado de la tuberculosis, 5 km de carta, la más larga registrada en el récord Guinness.

Lo sé, lo sé, ¡felicidades!

Me dieron el premio y estábamos a 47 º , y eso me gusta. No escribo libros sobre lugares fríos, sería un suplicio documentarse.

Mientras pueda escoger…
Eso sí lo he escogido y también ser una persona alegre. He sobrevivido a muchas emergencias, entre ellas un cáncer, pero siempre lo he hecho con buen ánimo.

¿De dónde saca ese ánimo?
Además de ser un autor de superventas, procuro cambiar un poco las injusticias y la vida de la gente que describo en mis libros.

Eso es muy satisfactorio, sí…
Lo descubrí a los 50 años, oí una voz que me decía: “Dominique no es suficiente con escribir grandes epopeyas, deberías hacer algo más”, y le dije a mi esposa que la mitad de nuestras ganancias irían a proyectos de desarrollo.

¿Una crisis existencial?
Ocurrió en Calcuta, tras haber publicado Esta noche la libertad, sobre la independencia de India. Para escribirlo viví entre los pobres durante tres años y su hospitalidad fue tan extraordinaria que cuando acabé el libro y me fui de allí, me quedé vacío, triste. Escuche, escuche… clin clin clin clin.

¿Lleva un cascabel en el bolsillo?
Sí, es la voz de mi amigo, el que arrastraba un rickshaw por las calles de Calcuta y al que no pude salvar. Cuando estoy con gente preocupada por sus contratos sueldos y vacaciones, siempre lo hago sonar.

¿Y qué dice esa voz?
Que es posible superar todas las adversidades compartiendo con los demás. Yo fui a ver a la madre Teresa, y pensé que si aquella monja sequita y viejita había cambiado las condiciones de vida de muchísima gente, yo también podía hacer algo, y le di mi dinero a un inglés que había creado un refugio para niños leprosos; así comencé.

Y escribió su primer libro en solitario: La ciudad de la alegría…
Mi compañero, mi hermano de escritura, Larry Collins, no quería vivir dos años en un barrio de chabolas. El fruto de ese libro y de los que siguieron fueron 540 pozos de agua potable, cura para un millón de tuberculosos, sacar de la miseria a 9.000 niños y cuatro barcos sanitarios para atender a la población abandonada de las islas del delta del Ganges. Fue la demostración de que la pobreza no es una fatalidad.

¿Qué saca usted?
La lección de que esa gente que no tiene nada siempre están dispuestos a reír, a hacer fiesta y a dar gracias a Dios por lo más nimio. Ahí radica la dignidad. Entendí con claridad que todo lo que no se da está perdido.

También conoce el oscuro lado humano, ha sido reportero durante 14 años.
Cometemos muchos errores y debemos identificarlos, es parte de mi trabajo. Pero cada uno de esos errores tiene su contrapartida, el objeto de mis libros son esas personas que son héroes del bien.

¿Qué los distingue?
Su valor, su capacidad de superar las adversidades, su voluntad de sobrevivir y también su capacidad de disfrutar de la vida. Se trata de vidas excepcionales, personas que son un ejemplo para los demás.

¿Qué ha sido lo más difícil?
A veces transmitir un mensaje, las historias de valor no interesan a los periódicos, prefieren los desastres, en las altas esferas los pobres aburren; yo invito a los periodistas a que vengan a Calcuta a comprobar que se puede cambiar el mundo, pero pasan.

Hace veinte años un cáncer casi acaba con usted…
Lo conté en Mil soles.Fue una prueba difícil, pero tuve la fortuna de tener buenos cirujanos y una mujer muy fuerte.

¿Cómo conoció a su segunda mujer?
Vino a trabajar como secretaria durante tres semanas con Larry y conmigo y se quedó 42 años. Para mí es como el motor de un Ferrari, me propulsa para cambiar las injusticias… Y se llama como yo…

Lo sé.
… pero ella es la gran Dominique.

Usted de pequeño, ¿qué quería ser?
Trotamundos, mi padre era un diplomático y yo sabía que nunca sería funcionario del Estado, quería viajar, conocer, encontrar. Escribí mi primer libro a los 17 años, Un dólar cada mil kilómetros, un libro de viajes que fue la iniciación a utilizar el mundo como mi terreno de experiencia.

¿No le importó escribir a cuatro manos durante más de veinte años?
No, resultaba muy interesante, y Larry era una persona fantástica, escribíamos desde dos culturas y orígenes diferentes.

¿No discutían?
Sí, pero teníamos un truco muy bueno, en Saint Tropez vivíamos en casas contiguas y construimos una cancha de tenis en la frontera entre ambas casas. Cuando teníamos un problema que no podíamos resolver de forma racional, íbamos a la cancha de tenis. Así perdió Larry algunos argumentos.

¿Qué merece la pena en la vida?
Todo, conocer a la gente, compartir sus problemas, interesarse por todos los destinos. Yo creo que mi carrera se terminará el día que ya no tenga más curiosidad. Darte a los demás es un proyecto muy revitalizador.